Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de agosto de 2010

El reloj se para y piensas



El reloj se me ha parado
a las siete menos cinco de la tarde.
Pero yo he seguido con mi vida. O puede
que la vida haya seguido conmigo
sin ser yo muy consciente de lo que pasa.
¿Qué más da lo que diga el reloj
si la luz se vuelve sombra y el tiempo
crece en la barba cana de mi cara?
He aprendido que la vida son sólo signos
o metáforas de una realidad incierta
que necesita de imágenes para ser
algo más que lo que es a primera vista.
El segundero quieto, como un augurio
de la muerte, como si fuera el momento
del juicio. –“Y tú, ¿qué has hecho?”. -¿Yo?
-“Sí, tú, ¿qué has hecho con los años de tu vida?”.
Y me paro a pensar y no acierto a decir nada
que no sea una excusa o una mentira.
Sólo recuerdo las manos de mi madre. Suaves,
pequeñas; recogidas en plegaria.
Las manos de mi madre, nerviosas,
fregando los platos o peinándome el alma.
No sé, imagino que habré hecho cosas
pero ahora todo se reduce a aquellas manos
que me lavaban por la mañana la mirada
de los ojos, y el pecho donde los sueños,
y por la noche la épica de las rodillas.
Por supuesto siempre con agua fría.
De todas las palabras sólo me vale una: “¡mamá!”,
que es de donde nacen todas las demás:
las más puras o desnudas, o esa otra poesía
que se hace a base de defectos y miserias.
Será que la vida te va dejando sin remedio
huérfano de enigmas y aventuras y misterios.
¡Qué serias se ponen las cosas con el tiempo!
¡Qué serias y qué ridículas y qué extrañas!
Y las agujas del reloj están ahí: fijas,
inertes, clavadas a las siete menos cinco
de una tarde que se muere sin prometer nada.
¿Mi vida? Un niño que juega en un largo pasillo
y que espera que alguien le devuelva las palabras.

miércoles, 10 de febrero de 2010

El calendario revolucionario

Calendario revolucionarioEl conocido como calendario revolucionario de 1792 surgió en Francia en octubre de 1793 y estuvo en uso hasta el primer día de 1806, como parte de las acciones llevadas a cabo para romper con la tradición religiosa y con el pasado. Después de no pocas discusiones entre un heterogéneo grupo de expertos en diferentes áreas, se determinó que el 22 de septiembre de 1792 (de ahí su nombre), día en que se proclamó la república, sería el día 1 de vendimiario del año 1, según el nuevo calendario.

Este calendario revolucionario también tenía doce meses, con nombres basados en la naturaleza y con rima en cada estación. El otoño se componía devendimiario (por la vendimia), brumario (por la niebla) y frimario (por el frío y el hielo). El invierno comprendía nivoso (por la nieve), pluvioso (por la lluvia) yventoso (por el viento). La primavera comenzaba con germinal (por las semillas), floreal (por las flores) y pradial (por los prados). Y por último, el verano incluía mesidor (por la cosecha), termidor (por el calor) y fructidor (por los frutos).

Todos los meses tenían 30 días y se dividían en tres decenas de días. Así, había un día festivo o no laborable cada 10 días. Pero no acaba aquí la cosa. Los días ya no tenían santos sino plantas y cosas similares a las que consagrarse. Cambiaron también la forma de contar las horas y los minutos, cada una de aquellas tenía ahora 100 de estos. Finalmente, en 1806, como decía al comenzar, este calendario fue suprimido por Napoleón.

martes, 21 de abril de 2009

Quienes inspiraron a Disney

Eun primer artículo, y ahora lo repito, comentaba la denuncia que el escritor Antonio Ventura hace ante el comentario de aquel chico que se preguntaba por qué no le habían dado el Nobel de Literatura a Walt Disney. Quienes mediamos entre la Literatura y los pequeños y jóvenes lectores tenemos la obligación de acercarles, con sus nombres y apellidos, las obras y los autores relevantes que han terminado siendo patrimonio de todos, para que puedan acceder a los originales (sin la afectación ni ideología añadida), para que reconozcan la deuda del cine hacia la Literatura y para que valoren las obras literarias como resultado de la cultura mundial y no como invención de la factoría yanqui. 

Walt Disney (1901-1966) fue un ávido lector de cuentos infantiles y ya en 1922 versiona para la animación a seis clásicos: Ricitos de oro, Caperucita, La habichuela mágica, Cenicienta, Los tres cerditos y El gato con botas. Todo de forma paródica: el lobo va en automóvil, la carroza sale de un contenedor de basuras, etc. Luego será con Mickey Mouse, como protagonista, con quien utilice novelas famosas para sus historias: "El náufrago" (sobre Robinson Crusoe), "The Mad Doctor" (sobre Frankenstein) y "Mickey´s Mellerdrammer" (sobre La cabaña del Tío Tom), entre otros. Además de estos cortos, aparecieron también El patito feo y Los enanos del bosque (basado en Hansel y Gretel).

Luego vinieron los largometrajes, a partir de 1937 con Blancanieves (cuento popular del que conocemos la versión de los Hermanos Grimm), en 1938 Ferdinando, el toro (de M. Leaf), en 1940 Pinocho (de C. Collodi), en 1941 Dumbo (de Helen Aberson y Harold Pearl), en 1942 Bambi (de F. Salten), en 1949 versiona El viento en los sauces (de K. Grahame) y La leyenda de Sleepy Hollow (de W. Irving), y en 1950 otro cuento popular europeo La Cenicienta.

En la década de los 50 nuevas versiones de clásicos son Alicia en el País de las Maravillas (de L. Carroll), Peter Pan (de J.M. Barrie), La Dama y el Vagabundo (de Ward Greene) y La Bella Durmiente (de Perrault). Ni que decir tiene que encontrado el filón no tenía más que seguir explotándolo y se continuaron las versiones con algunos films por medio procedentes de guiones originales (tras la muerte de Disney).

Luego vinieron personajes e historias para los que sería interesante proponer a niños y niñas, en un taller de biblioteca, la búsqueda de sus autores originales: Merlín el encantador, Winnie the pooh, El libro de la selva, Robin Hood, Los Rescatadores, Canción de Navidad, Tod y Toby, Tarón y el caldero mágico, La Sirenita, La Bella y la Bestia, Aladdin, El jorobado de Notre Dame, Tarzán, James y el melocotón gigante,…

Esto también se podría hacer con las películas que no son de animación: El Zorro, Los Robinsones en los Mares del Sur, La Isla Misteriosa, La isla del tesoro, Mary Poppins, Popeye,…

José García Oliva. Experto en literatura infantil y juvenil.

martes, 17 de marzo de 2009

Thomas Jefferson y las instituciones bancarias

En 1802, el por entonces Presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, declaró (de una manera premonitoria) sobre las instituciones bancarias:
"Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán en torno a los bancos, privarán a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, en seguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron".
Actualización:
Según "q", un lector anónimo, esta anécdota es falsa y Thomas Jeferson jamás la dijo y deja el siguiente enlace: natsufan
Esta anécdota la he recibido vía e-mail en uno de esos estupendos powerpoint llenos de anécdotas y curiosidades. No es mi costumbre publicar nada que no haya sido antes previamente comprobado y en un 90% de fuentes dan esta curiosidad como cierta.

jueves, 5 de marzo de 2009

Anécdotas de Einstein

 Hace unos días me remitió Manuel Díaz, un lector del blog, una serie de anécdotas sobre Einstein y algunas ocurrentes frases del padre de la Teoría de la Relatividad. De todas ellas, que pueden ustedes consultar completamente en el blog de Enzo David , me quedaré con las dos que más me gustan y aportaré alguna nueva. Por supuesto, mil gracias a Manuel por su ayuda.

Einstein tuvo tres nacionalidades: alemana, suiza y estadounidense. Al final de su vida, un periodista le preguntó qué posibles repercusiones habían tenido sobre su fama estos cambios. Einstein respondió: “Si mis teorías hubieran resultado falsas, los estadounidenses dirían que yo era un físico suizo; los suizos, que era un científico alemán; y los alemanes que era un astrónomo judío.”

En una reunión social Einstein coincidió con el actor Charles Chaplin (juntos en la foto que acompaña la entrada). En el transcurso de la conversación, Einstein le dijo a Chaplin: “lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal; todo el mundo le comprende y le admira”. A lo que Chaplin respondió: “Lo suyo es mucho más digno de respeto; todo el mundo le admira y prácticamente nadie lo comprende”.

Estas dos historietas están tomadas íntegramente del post de Enzo David al que hacía referencia antes. Por aportar algo diferente, ahí van algunas perlas más del físico alemán. Una vez le preguntaron en una rueda de prensa:"¿Habla usted de otra cosa que no sea de física?". Einstein contestó: "Sí, pero no con usted". Esta Dr. Antonio Moreno González .

Y para cerrar, una curistoria relativa (no podía usar otra palabra que relativa) a Einstein pero que él no protagonizó. Sir Arthur Eddington, astrofísico inglés, estudió la Teoría de la Relatividad y la reafirmó. Cuando le comentaron a Eddington que sólo había tres personas en el mundo que comprendieran la compleja teoría de Einstein, el inglés respondió: "¿quién es la tercera persona?”.

Amigos, me acabo de dar cuenta de que hacía mucho que no narraba una historia en la que alguien soltara una puyita u ocurrencia de este tipo y el Señor Eddington nos la servido en bandeja. ¡Cómo me gusta la gente que suelta este tipo de respuestas!.

miércoles, 21 de enero de 2009

Bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe por Oscar Halling
Edgar Allan Poe por Oscar Halling
Hoy se cumplen 200 años del nacimiento en Boston de Edgar Allan Poe , un escritor altamente recomendable del que hemos escrito sorprendentemente poco en Microsiervos.
El pozo y el péndulo , El corazón delator , La caída de la Casa Usher  o Los crímenes de la calle Morgue  no son más que algunos ejemplos de la maestría de este hombre en el relato corto, género por el que sin duda es más conocido, y con cuyos relatos muchos hemos pasado buenísimos ratos muertos de miedo o intrigados por lo que iba a pasar en ellos.
Edhasa tiene una reciente edición ilustrada en español de sus Cuentos completos  que tiene muy buena pinta.

domingo, 21 de diciembre de 2008

El legajo 10.077

El 14 de junio de 1884 eran pasados a garrote siete hombres acusados de haber asesinado a un campesino por orden de la misteriosa Mano Negra l Eran tiempos de revuelta jornalera en Jerez

TIEMPO de crisis en la agonía de 2008Centenares de africanos vagan por los campos de Jaén a la busca de un jornal, pero el trabajo que hay es para los parados españoles. El Gobierno intenta evitar la miseria enviando dinero a los ayuntamientos para obras públicas. Crece la delincuencia. 

1882. Por los campos de cereales de Jerez, agrietados por la sequía, vagan braceros llegados de Ronda, de pueblos de Sevilla, de la sierra de Cádiz, de Portugal. No hay trabajo. El poco que sale es para alguno de los 7.000 jornaleros jerezanos. Hay hambre. El Gobierno aplica el Fondo de Calamidades, por el cual se entrega dinero a los ayuntamientos para obras públicas. El ejército de desarrapados mendiga, roba para comer, se queman graneros. Crece la criminalidad.

El 11 de agosto es asesinado Fernando Olivera en Arcos; el 12 de septiembre es asesinado Antonio Heredia en Bornos; otro pobre hombre, Juan Calvente, es asesinado el 19 de septiembre en Grazalema; Rufino Gómez es asesinado el 2 de noviembre en El Puerto; el 26 de noviembre son asesinados dos venteros de Trebujena; un ventero de Grazalema, Antonio Vázquez, es asesinado el 4 de enero. 

Ninguna de estas muertes alcanzaría la relevancia de la de Bartolomé Gago, el Blanco de Benaocaz, ocurrida el 5 de diciembre de 1882 en La Parrilla, un cortijo de Jerez. Fue asesinado de dos escopetazos, por la espalda, y enterrado en una vereda. El caso desencadenaría el proceso de La Mano Negra y acabaría con siete ajusticiados a garrote en la plaza del Mercado de Jerez el 14 de junio de 1884.

¿Qué era La Mano Negra? En líneas generales, un papel escrito a lápiz encontrado por dos guardias civiles, el capitán Oliver y el suboficial Tomás Pérez, que se convirtió en el sumario en el legajo 10.077 y que el tribunal consideró como prueba de que el asesinato del Blanco se produjo por orden de una organización secreta cuyo objetivo era la destrucción del Estado.

En realidad, el Blanco era arrendatario de una parte de la tierra de los hermanos Corbacho. Éstos tenían una deuda de cincuenta duros con él, reconocida en un documento en poder delBlanco. Pero los Corbacho, de naturaleza pendenciera, no tenían intención alguna de pagarla. Su estrategia para acabar con ella fue retorcida. Acreditándose como jefes locales de una sociedad obrera reunieron a un grupo de jornaleros analfabetos para comunicarles la orden de la sociedad de ejecutar al Blanco por tener un comportamiento contrario a la solidaridad de los trabajadores. Los jornaleros no preguntaron. Ejecutaron la orden y, tal y como ordenaron los Corbacho, cogieron el papel que el Blanco llevaba en el bolsillo, que no era otro que la deuda reconocida. 

Desapareció por tanto el Blanco y todo habría quedado así si uno de los participantes no hubiera contado lo sucedido a la Guardia Civil, indicando el lugar donde había sido enterrado el cuerpo. 

1883 trajo agua al miserable campo gaditano, el peor explotado de Europa. Por fin había trabajo. Sin embargo, los jornaleros, asociados en torno a la Federación de Trabajadores del Campo, que empezaba a ser un quebradero de cabeza para la clase terrateniente enriquecida con las sucesivas desamortizaciones, se plantaron ante las condiciones miserables que se les ofrecían.

La reivindicación era la eliminación del destajo y su transformación en un salario fijo con un horario laboral. La huelga del campo de Jerez suponía un pulso a siglos de sojuzgamiento. Miles de soldados fueron destinados a Jerez para sustituir a los braceros y la provincia se tomó por las armas. Las detenciones masivas contestaban a las revueltas, las concentraciones de jornaleros eran disueltas a tiro limpio.

En ese clima se desarrolló el juicio por la muerte del Blanco de Benaocaz. La etiqueta de La Mano Negra fue una obra maestra de propaganda. Un cronista de La Vanguardia visitó la cárcel de Cádiz en 1883 donde se encontraban detenidos los 'peligrosísimos' miembros de La Mano Negra que envenenarían el agua y destruirían los campos. Observa a esos pobres hombres y dice: "Parece mentira que estos hombres hayan hecho peligrar la paz europea, manteniendo inteligencia con los nihilistas rusos". El cronista catalán descubre que apenas saben lo que es el socialismo: "Nosotros somos mu honraos, pero nos dicen que nacimos toilos en cueros y véalo usté ahí", le dicen. ¿Esos eran los manos negras? Pero sí había organizaciones, como la de Los Desheredados en Cádiz. Todas tenían estatutos calcados del Catecismo Revolucionario, redactado por Bakunin. En él se decía que "declaramos a la burguesía fuera del derecho de gentes". Sin embargo, en el juicio quedó acreditado que ninguno de los quince procesados conocían nada sobre una supuesta 'mano negra'. Pese a ello, hubo siete sentencias de muerte, una de ellas contra un profesor, Juan Ruiz, un reconocido socialista. El juicio demostró que Ruiz era inocente, pero también que era el más peligroso, pues sabía de lo que hablaba. 



Semanas después del ajusticiamiento de los siete de La Mano Negra, los jornaleros perdían la huelga y volvían a trabajar en el campo. A segar a destajo.

lunes, 27 de octubre de 2008

En carne viva, Madrid 1936-1939

En carne viva, Madrid 1936-1939


La de los Candamo es una historia de antihéroes, supervivientes de nuestra guerra incivil. Don Bernardo, el padre, íntimo amigo de Unamuno y liberal de libro, mantuvo abierto el Ateneo de Madrid durante la contienda. Don Luis, el hijo, aprendió bajo las bombas que los dioses de la guerra —y a veces los de la justicia— cargan de metralla sus fuegos de artificio

Vio una luz verde, preciosa, sobre el cielo de Madrid. Estaba asomado al balcón de su casa del barrio de Salamanca, en la confluencia de Claudio Coello con Don Ramón de la Cruz. «Ven, ven, que están tirando bengalas», gritó Luis a su padre, que salió a contemplar el espectáculo. Primero la luminaria y luego... ¡boom! Cortes hasta en el cráneo y la casa de enfrente destruida. El adversario, sin duda, buscaba hacer diana en la columna Mangada que había ocupado un convento de monjas a espaldas del edificio, pero erró, como se equivocaron los Candamo, inexpertos como eran en estas cosas de la guerra. Hoy don Luis G. de Candamo me enseña parte de esa metralla, que conserva setenta años después, y que ese día quedó incrustada en las persianas de madera de la casa. Aquella que tanto frecuentaron Alberti, Baroja, Azorín, Valle —que le daba un miedo horroroso al mozalbete—, los Machado, Paco y Julio Camba, el conde camarada Tolstoi e Illia Erhemburg —que iban a charlar en ruso con don Bernardo—... La misma hasta la que Unamuno ascendía de tres en tres escalones, con los bolsillos llenos de ajos para su artrosis, demostrando al Luis niño, con el que llegaba en el tranvía 3 —el rector desde la Residencia de Estudiantes, el chico desde el Instituto Escuela—, que estaba en plena forma. Una fortaleza de músculo igual a la que revela la sustancia de los recuerdos de Luis G. de Candamo y que esta tarde pasa por el tamiz del corazón mientras sorbe una copa de rioja. «La mayor tristeza —corría el 31 de diciembre de 1936— fue la noticia de la muerte de Unamuno. Luego —me dice— tuvimos tragedias mayores».
Pero de esas no habló el jueves pasado, segundo día del otoño ya vencido de Madrid. Tampoco habló ni de «rojos» ni de «fachas». Sólo de los «hunos» y de los «hotros», como decía don Miguel. Si acaso, ya digo, del adversario, que vaya usted a saber. Y cuando desde una butaca del magnífico anfiteatro del Ateneo, al que fue invitado para glosar su memoria histórica de la guerra, le preguntaron a don Luis por Alberti, el amigo de su padre, supo con elegancia magnánima citar por delante a María Teresa León, y cuando otro le preguntó por «La Pasionaria», responder que no la conoció. Y cuando desde la última fila alguien quiso saber qué pasó con el registro de los nombres de los ateneístas al final de la guerra, Candamo, exaltado, espetó: «mi padre era un intelectual que no entendía de registros». Ya se lo dijo a don Bernardo aquel hombre que le arrancó de la calle por un brazo cuando Alcalá era pasto de los «pepinazos»: «No pensar en que le puede pasar algo terrible es ¡falta de imaginación!». ¡Hay tanta! ¿O acaso alguno de los asistentes a ese ejercicio de recuperación de la memoria del Ateneo que no conociera de antemano a Candamo siquiera sospechó que si el padre sufrió la depuración franquista hasta la casi aniquilación, su único hermano, el mayor, el primogénito del héroe del Ateneo, había muerto a los 25 años en el frente, en Villaverde, mientras combatía junto a Franco como militar de carrera con empleo de capitán de artillería? Duda Luis que la bengala verde que vieron sobre sus cabezas fuera lanzada por su hermano, pero sabe a ciencia cierta que aquel día de octubre en que la metralla segó la femoral de su hermano Bernardo, amigo y compañero de Manuel Gutiérrez Mellado, perdió lo que más quería. Y desde ese día su madre, la hija del general Feliú, el militar afecto al Rey, la amiga de la infanta Doña Isabel, ya nunca se quitó el luto.
¿Y con quién está «Franquito»?
«Pienso —reflexiona en voz alta este hombre de 86 años, de cultura larguísima y políglota— que en la guerra incivil la gente, en cierto modo, se afilió por antipatías. El general Villalba, de la Brigada Roja y Alba, que así se llamaba, parece ser que tenía una aversión tremenda a Franco desde la Guerra de África, donde se habían puteado medallas y ascensos, y cuando le propusieron si se quería adherir al movimiento preguntó “¿y con quién está “Franquito”? Pues yo con el contrario”. La guerra de España fue un ensayo de la guerra mundial. A Unamuno no le gustaba la influencia extranjera, pero tampoco le gustaba el comunismo, que no le gustaba a casi nadie, y si no ahí está el libro de Fernando de los Ríos, “Viaje a la Rusia sovietista”, donde cuenta su experiencia por los colegios y universidades rusos y cómo le parecieron horrorosos, y el régimen, tremendo. Bueno, pues justo antes, el 1935, había sido el mejor año de mi padre, ya que tuvo unos éxitos tremendos como socio responsable de la biblioteca del Ateneo —a él se le debe—, gran conocedor como era de todos los libros que se producían en el mundo, y la completó mucho en todas las materias. Por eso Manuel Azaña, Fernando de los Ríos, que entonces presidía el Ateneo, Alejandro Casona y el doctor Lafora, entre doscientos ateneístas, le rindieron un gran homenaje. Para él fue una gran satisfacción. Además, la embajada francesa le había concedido las Palmas Académicas, no en vano mi padre, que había nacido en París, era de cultura absolutamente francesa. Luego, cuando estalló la guerra, todos esos señores tan importantes salieron huyendo (se ríe) y mi padre no quiso dejar el Ateneo, su amada biblioteca, a pesar de que De los Ríos le ofreció ser agregado cultural de la embajada española en París, de la que él se había hecho cargo. Eso hubiera cambiado nuestra vida. Pero mi padre consideró que, habiéndose ido todos los representantes de la junta conforme se aproximaba el cerco a Madrid, él era el único dueño legal de aquello. Así que no quedaron en Madrid más que el general Miaja, representante de la fuerza, y mi padre, al frente de la cultura en el Ateneo, la única institución pedagógica y la única biblioteca (ni siquiera lo estuvo la Nacional) que permaneció abierta en los tres años de contienda».
¡Lo que luchó don Bernardo, el modernista que había sido aglutinador de la Generación del 98 y corresponsal durante 40 años de Unamuno —el historiador Jesús Blasco recoge ese epistolario en su libro «Unamuno y Candamo» (Ediciones 98)—, el intelectual puro, el hombre «sin imaginación», para poder pagar los sueldos de los 30 empleados del Ateneo! Un edificio que se congelaba por dentro (y por fuera, claro) al carecer sus ventanas de cristales —los bombardeos contra el próximo Hogar Vasco los habían pulverizado—. «Telefoneaba a Azaña continuamente, al que no le costaba demasiado decirle “ahora llamo a Miguel Salvador —que era el jefe de su secretaría—, que lo arregle inmediatamente”. Y sí, llegaban las órdenes de pagar, pero en la delegación de Hacienda no había una peseta. Fue durísimo».
Las clases y el ruso blanco
Cerrado el Instituto Escuela, epígono de la Institución Libre de Enseñanza, para Luis G. de Candamo el Ateneo también se convirtió en su refugio. Su padre, para evitar que la docta casa languideciera, reactivó su vertiente pedagógica: Hortensia Aranzadi daba clases de inglés; matemáticas, el profesor Barinaga; ruso, Kiskilla —que también enseñaba particularmente a don Bernardo, un aprendizaje que mantuvo hasta el fin de sus días—, y alemán un tal Wiesenthall, «un judío que había salido de naja de su país. Todos eran magníficos y Hortensia, tan divertida, además nos ponía motes. A una señora rusa de la familia de los Romanov, Vera Romanova, que había sido cantante de ópera y entonaba unos gorgoritos de impresión, la decía “the Russian Lady”. También había un ruso blanco, un ingeniero magnífico que calculaba estructuras, y que había vivido muy bien antes de la guerra, pero que entonces, como todos, estaba sin un duro. En esos momentos había mucha inquietud por los rusos blancos, sobre todo desde la llegada del embajador soviético Marcel Rosenberg, y venían a buscarle de vez en cuando para meterle en la cárcel. Entonces Antonio Torres, el conserje que era masón, se acercaba al pupitre número 1, el que siempre ocupó mi padre, y le decía “don Bernardo, que vienen a por el ruso” y mi padre le avisaba, saliendo el matemático escopetado por la puerta secreta de Santa Catalina».
Pero en el Ateneo, además de libros y clases, había hambre, un hambre feroz, como en el resto de Madrid. Don Luis me cuenta que a veces hasta hacía amago de pellizcar las patas de pollo de los bodegones de su casa. De un libro de Horacio saca un original de 1938 escrito por el latinista Bonifacio Chamorro, que no hizo otra cosa en su vida que traducir sus obras salvo una oda propia en honor de ¡la patata! «Julián, que era un empleado muy famoso del Ateneo, —explica Candamo— había traído de su pueblo unos tubérculos. Los repartió y al catedrático le cayó alguno. Aquello le llevó a componer su oda que inició “Se han cumplido mis antojos/ estás aquí ante mis ojos/rubia y chata/no eres pues sombra ilusoria,/ni vano tema de historia,/ ni ensueño, ni patarata/¡Existes, noble patata!».
Mientras asistían a clase los bombardeos no paraban, «la gente decía, mal, “que caen obuses”, pero el obús era el aparato que lanza el proyectil. Da igual: eran uno pepinazos de impresión. La misma lluvia que soportaba mi padre cuando cada día, y por cuatro veces, recorría el camino desde la casa de Claudio Coello hasta la calle del Prado, 21, el Ateneo». Pero no siempre iba andando. «Alberti y María Teresa habían convertido el incautado palacio del marqués de Heredia Espínola —en la calle de Salustiano Olózaga, a espaldas de la actual Casa de América— en su casa y en la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. A León Felipe le regaló Alberti un abrigo cojonudo del marqués, forrado de piel, que arrastraba por todo Madrid. Bien, pues María Teresa llamaba a mi casa “ahora le mando el mecánico a don Bernardo”, porque era muy fina y no podía decir chofer, y ante la indignación de mi madre que le reprochaba “te vas con esa gentuza, bueno vendrás”, llevaban a mi padre a esas fiestas de impresión donde se ponían las botas Hemingway, que trabajaba para Asiated Press en la acera de enfrente, Malraux, León Felipe... Luego el “mecánico” le devolvía a casa, y a veces hasta le subía, ante la irritación de mi madre. Y él sacaba una chocolatina, una pasta, los apoforeta que decía Pío Baroja cuando alguien le advertía que se manchaba los bolsillos al meterse hasta el salmón de las fiestas del Instituto Británico, a las que no iba casi nadie, pero nosotros sí por nuestra tradición liberal, y para las que ni se quitaba la boina. “A mí qué me importa mancharme —gritaba don Pío—. ¿Es que no sabe que es tradición romana? ¡Yo cumplo con los apoforeta!”». El «rito» de llevarse lo que sobraba.
Testigo profesional
El gran maestro Luis Calvo recordó en una Tercera de ABC de 1965, la necrológica de don Bernardo, que «Se decía: “Los del 98 y Candamo”. Pero Candamo, que acaba de morir a los 86 años, sabía más literatura que los hombres del 98. (...) ¡Cuántos recuerdos deleitosos se juntan y atropellan evocando la leve figurilla de ave de Bernardo Candamo, miope, sabio, rendido, solitario!». Aquel hombre del que sospecharon era testigo profesional, y apunto estuvo de costarle caro, por ir a las checas intentando salvar el pellejo al que podía; aquel a quien terminada la guerra se le hizo juicio sumarísimo porque le creían masón —y no se había guaseado nada don Bernardo de la masonería: “ya le han puesto a usted el mandilito” inquería—. A punto estuvo de ser fusilado. Le salvó haber dado un hijo «por Dios y por España». Luego veló por él Finat, conde de Mayalde, director de Seguridad que fue teniente provisional del hijo muerto. «Y le prohibieron escribir con su nombre. Usó el seudónimo de Iván dŽArtedo —nostalgia de la asturiana Concha de Artedo de su niñez—, salvo en el ABC, el único donde pudo firmar como Candamo. «Tengo aún papeles de prueba escritos por Calvo —cuenta don Luis— en los que ponía “don Bernardo, haga el favor de escribir con mejor letra porque no le entiende ni Dios”».
Ha sido una lección magistral de rememoración, los antípodas de esa «cosa monstruosa y estúpida que pide condenas para muertos ¡de hace 70 años!». Entonces, Luis González de Candamo apura su copa de Paternina. Me mira y sentencia: «Mi audacia ha sido no tener jamás amo». Y ya no me cabe ninguna duda: Este Candamo es otro héroe «sin imaginación».

domingo, 19 de octubre de 2008

El origen de las Tertulias

En el siglo XVII se puso de moda entre las clases acomodadas las obras del abogado y erudito Quinto Séptimo Florente Tertuliano , famoso por defender el cristianismo en unos discursos ricos en juegos de palabras.

De esta forma, bajo el reinado de Felipe IV , a las personas que se reunían para comentar a Tertuliano se las denominó así, tertulianos, y a esas reuniones se las conoció como tertulias.
Fuente: Revista Historia y Vida, diciembre 2003

miércoles, 25 de junio de 2008

La verdadera historia de las espinacas de Popeye

Popeye el marino
Somos muchos los que hemos crecido viendo como Popeye le daba de guantazos a Brutus, gracias a la fuerza sobrehumana que le daban las latas de espinacas que tomaba. Un gran argumento que nuestras madres usaban para hacernos comer esas nutritivas hojas que tanto nos costaba tomar de pequeños.
Pero ¿de donde nace un personaje como Popeye? Y lo más importante ¿realmente son ciertas todas las virtudes que se les atribuye a las espinacas? Para entender mejor las respuestas a estas preguntas, tenemos que retroceder hasta los años 30 y sitúanos en los Estados Unidos. En esa fecha el dibujanteMax Fleischer crea a Popeye mítico personaje que comía espinacas para multiplicar su fuerza y salvar a Olivia de las fechorías de Brutus. Pero las exageraciones atribuidas a las espinacas, además de una licencia creativa del dibujante, estaban basadas en la creencia popular de que esta verdura tenía un alto contenido en hierro.
En aquellos años las anemias por carencia de hierro eran muy comunes, por lo que los dibujos de Popeye fueron utilizados por las autoridades sanitarias como reclamo para popularizar el consumo de espinacas. Pero aquellas creencias estaban basadas en un error de transcripción que se descubrió unos años después.
Sucedió que al traducir el estudio sobre las espinacas del científico alemán E. Von Wolf publicado en 1870, en el dato relativo a la cantidad de hierro se colocó mal la coma de los decimales, de forma que la cantidad fue multiplicada por error diez. Pero el descubrimiento de este error no consiguió acabar con el mito atribuido a las espinacas gracias a la fuerza sobrehumana del Popeye.
De hecho los datos actualizados atribuyen a esta verdura una cantidad de 4 miligramos de hierro por cada 100gr. de producto. No obstante, sigue siendo un alimento con interesantes características como la vitamina A, C y E, están compuestas en un 93% de agua, aportan una gran cantidad de nutrientes y tienen muy pocas calorías. Se la atribuyen propiedades anticancerígenas, cardiosaludables y antianémicas.
Aun con todo me sigue gustando Popeye, las espinacas y su enamorada Olivia… “Popeye el marino soy… Pi! Pi!”
Más información | La verdadera historia de las espinacas de Popeye
En Directo al paladar | Espinacas, ricas en vitaminas y minerales 

martes, 1 de abril de 2008

Reproducida una grabación de audio de 1860 (muy anterior a la de Edison)

Una breve grabación de audio, de apenas diez segundos, de la canción “Au Clair de la Lune” recientemete hallada en París, se ha convertido en la grabación de audio más antigua que se conoce: según los investigadores fue realizada en 1860 utilizando un fonoautógrafo.
El fonoautógrafo de [Eduard-Leon Scott] Martinville era simplemente una curiosidad científica: desde luego que “grababa” el sonido, ¡pero no había manera de volver a escucharlo después! Se utilizaba, eso sí, para comparar sonidos diferentes de una manera más rigurosa que simplemente escuchándolos, al comparar las gráficas que producían en el fonoautógrafo.
Esta grabación, que ahora ha podido ser reproducida, quitaría el puesto de honor como grabación más antigua a la de Mary Had a Little Lamb, tomada por Thomas Edison en 1927. Aunque irónicamente el propósito de Marinville “era el de ‘escribir palabras’, no escucharlas, y consideraba que Edison cometió un error al diseñar un equipo que podía reproducir el sonido grabado” cuentan en el artículo La grabación más antigua del mundo, donde se puede escuchar (lo que se supone es) un framento de la canción.
  

jueves, 3 de enero de 2008

Napoleón Bonaparte en Egipto

Fecha: 19 de mayo de 1798. Lugar: puerto de Tolón, costa mediterránea de Francia. Napoleón abandona las dársenas a las seis de la mañana al mando de 38.000 soldados y 16.000 marinos a bordo de 300 navíos. Misión: combatir a Inglaterra en el Mediterráneo, en Egipto. Junto a los militares viajaban 154 científicos. Fueron los únicos vencedores. La campaña fue desastrosa. 


La mayoría de los científicos ignoraba su destino, pero no pudieron resistir la invitación de Bonaparte y de sus brillantes profesores: el matemático Gaspar Monge, fundador de la Escuela Politécnica, el químico Claude Louis Berthollet, inventor de la lejía y profesor de la Escuela normal, y el mineralogista del Museo Déodat de Dolomieu. Para convencer a sus alumnos de que lo dejasen todo, el profesor que dio su nombre a los Dolomitas les dijo: "No puedo decirles adónde vamos ni cuánto tiempo vamos a estar allí ni con qué objetivo, pero puedo asegurarles que es un lugar para conquistar gloria y saber". Eran ingenieros, astrónomos, naturalistas, químicos, literatos, orientalistas, músicos, farmacéuticos, médicos... Formaron la Comisión de las Ciencias y de las Artes del Ejército de Oriente. Los militares con los que viajaron les llamaron simplemente "los sabios".

El destino final permanecería en secreto hasta el 28 de junio. En esa fecha, los expedicionarios han conquistado Malta y Napoleón, en uno de sus habituales discursos, revela el objetivo de la expedición: Egipto. El general Bonaparte hace hincapié en que se trata de una "conquista científica", si bien la expedición es totalmente estratégica. Por una parte, el Directorio intenta alejar a Napoleón de los asuntos internos de Francia y le encarga impedir el acceso de Gran Bretaña a la India, y así reducir su dominio comercial y evitar que conquisten nuevos territorios. Para ello se aprovechará de la debilidad del Imperio Turco, que en ese momento controla Egipto.

La expedición combinará los dos aspectos: militar y científico, de forma que muchas veces los "sabios" asistirán a batallas y en otras ocasiones Napoleón y sus comandantes serán testigos de importantes descubrimientos arqueológicos, algunos de ellos recogidos en cuadros de la época.


LOS MÁS SABIOS

Monge y Berthollet tienen 52 y 54 años, respectivamente, en aquel 1798 y son ya dos sabios de prestigio cuando se embarcan para Egipto. Pero la mayoría de sus colegas no supera los 30 años. Reclutados a través de maestros o amigos, muchos se harán célebres. Fue el caso de Dominique Vivant Denon, autor del libro Viaje al Bajo y Alto Egipto, en el que narra su travesía por el Nilo entre enero y marzo de 1799 y en la que descubrió para occidente Tebas, Karnak, Luksor, Asuán..., quien llegará a ser director de los museos franceses y fundador del Louvre. También Nicolas Jacques Conté, inventor de la mina del lápiz, conocería la fama, o Etienne Geoffroy Saint-Hilaire, distinguido profesor de zoología...


"No puedo decirles adónde vamos, pero sí que es un lugar para conquistar gloria y saber"


Napoleón desembarca en Alejandría el 2 de julio y allí queda parte de la misión científica, ocupada en estudiar el faro y la columna de Pompeyo. El resto prosigue con la tropa hacia el interior del país. El 22 de agosto de 1798, Napoleón Bonaparte funda en El Cairo el Instituto de Egipto, organizado en cuatro secciones, cada una de ellas con 12 miembros: Matemáticas, Física, Economía política y Literatura y artes. Fue el centro de operaciones científicas desde el que Napoleón, Monge y sus colegas científicos descubrirán en septiembre del mismo año la meseta de Guiza, con la Esfinge y las Pirámides. Antes, el 21 de julio se libró, con éstas como testigo la batalla de las Pirámides, de la que el militar corso salió triunfante. Era el inicio de una campaña que pronto cambiaría de signo.

Las tareas iniciales que encomendaron al cuerpo científico distaban mucho de ser estudios de ciencia pura: en la primera sesión del Instituto, según consta en las actas, se pusieron sobre la mesa temas como la mejora de la cocción del pan o hacer cerveza sin lúpulo o cómo aclarar y enfriar el agua del Nilo... Pronto esos temas iniciales derivarían en otros científicamente más interesantes.

Los trabajos de los sabios, publicados en La década egipcia, dejan a menudo totalmente indiferentes a los militares. Hasta el punto que algunos deciden bautizar a los asnos egipcios con el nombre de "semisabios". A pesar de ello, el balance es de un valor incalculable. Se recoge en la Descripción de Egipto, una obra que consta de nueve volúmenes y 974 planchas que necesitaron 25 años para ser impresas, y en las que participaron 294 impresores, burilistas, aguafortistas... Los ingenieros y los geógrafos tampoco fueron a la zaga y confeccionaron un atlas a escala 1/100.000 de la tierra de los faraones en 47 hojas.

Otro de los campos a los que se dedicaron los sabios fue el de la física. Monge, que empleó gran parte del tiempo que duró la marcha desde Alejandría hasta El Cairo en reflexionar, avanzó, por vez primera, la explicación de los espejismos, y los explicó así: "Se trata del calor de la arena que dilata el aire en las proximidades y desvía los rayos del Sol".

"Estamos dispuestos a quemar nuestros tesoros para que no caigan en manos del enemigo"

Una treintena de sabios murió en diversas batallas o víctimas de enfermedades, sobre todo a causa de la peste. Tuvieron que adaptarse a las duras condiciones de vida que tenían en Egipto, pero terminaron por convertirse casi en auténticos egipcios. Se dejaron crecer la barba o el bigote (allí el mentón afeitado era signo de esclavitud), se iniciaron en las delicias de la pipa llena de tabaco de Lattaquié, aprendieron a disfrutar del café... El naturalista Etienne Geoffroy Saint-Hilaire es un buen ejemplo de adaptación: "Aquí vivo tranquilamente", escribía a su padre, "ocupándome de historia natural, de mis caballos y de mi pequeña familia negra". Mientras los botánicos traen a Europa una nueva especie de nenúfar y de palmera (que se conserva en el Museo de París), Etienne aporta numerosas momias de animales (algunas siguen siendo estudiadas): gatos, ibis, monos, mangostas... Y, sobre todo, en las orillas del Nilo, descubre el políptero bichir, un pez de un tipo nuevo y extraordinario, cuyas aletas se corresponden con los miembros de los mamíferos. De él sacará la idea de que todos los animales están constituidos siguiendo un mismo plan, una de las ideas que condujeron a la teoría de la evolución. "No estoy de acuerdo", responderá su amigo Cuvier. Según este último, partidario de la teoría fixista, si bien el políptero "valió por sí sólo el viaje a Egipto", las especies vivas siempre han sido las mismas y no experimentaron evolución alguna desde su creación.

El levantamiento en El Cairo a finales de 1798 hace presagiar un cambio en el rumbo de la aventura militar. El mismo año del descubrimiento de la piedra de Rosetta los turcos declaran la guerra a Bonaparte. El general francés consigue repeler un ataque turco en abril, en la batalla de Monte Tabor, y más tarde en Abukir. Los franceses salen victoriosos si bien sufren muchas bajas. Poco después, el 23 de agosto de 1799, Napoleón se marcha sigilosamente a Francia con la mayoría de sus oficiales, y con Monge y Berthollet. Otros científicos se quedan en Egipto para continuar sus investigaciones. El general Kleber toma el mando de las fuerzas francesas en Egipto. Por un tiempo consigue contener a los británicos y a los turcos. Sin embargo, tras su asesinato el 14 de junio, el futuro de la misión francesa se ve seriamente amenazado. El Instituto y sus científicos se quedan sin protección. Su presencia se va haciendo cada vez más indeseable.

En el verano de 1801 los británicos toman El Cairo y Alejandría. Le exigen al Instituto que entregue todos sus estudios y documentos. Los franceses se niegan rotundamente: "Estamos dispuestos a quemar nuestros tesoros con tal de que no caigan en las manos del enemigo", dice, Geoffroy Saint-Hilarie. La determinación de los franceses impresiona a las fuerzas británicas. No obstante, consiguen apoderarse de muchas obras, incluida la famosa piedra de Rosetta.

Fueron los soldados de Bonaparte los que descubrieron la celebérrima dala de pizarra negra con la misma inscripción en tres escrituras (jeroglífica, demótica y griega), en 1799, en la aldea de Rosette a la que se debe el desciframiento de la escritura jeroglífica. Jean-François Champollion, el descubridor de este tipo de escritura, tuvo que trabajar sobre una copia. Publicó sus resultados en 1822. Champollion, que tenía 8 años cuando Bonaparte inició su campaña de Egipto, tuvo que esperar a cumplir los 38 para pisar la tierra de los faraones y resumir así su vida: "Soy todo entero de Egipto, Egipto lo es todo para mí".

de Ramiro